¿Qué es el consentimiento? Una mirada desde el psicoanálisis
Por Marina Espada
Cuando pensamos en qué es consentir, a menudo nos viene a la cabeza un proceso puramente racional: una persona sopesa si quiere o no hacer algo, piensa fríamente en las consecuencias y emite una respuesta final e inamovible. Sin embargo, la psicoanalista Clotilde Leguil, en su libro Ceder no es consentir, nos muestra que la transparencia del consentimiento es una ficción. El psicoanálisis nos enseña que no somos transparentes ni para el otro ni para nosotros mismos.
El consentimiento no es un proceso racional. De hecho, se caracteriza precisamente por una opacidad y por un no saber: cuando consentimos, nunca sabemos exactamente a qué. En el fondo, el consentimiento es una apuesta, un “salto al vacío” que damos frente al enigma del otro. Es esa grieta oscura, esa falta misma de garantías la que nos lleva a lanzarnos ciegamente.
Como señala Leguil, la palabra consentir viene del latín cum-sentire, que significa "sentir con el otro en confianza". Nos aventuramos en ese camino movidos por el deseo, confiando en que, al otro lado del salto, no caeremos en el vacío porque el otro nos sostendrá. La autora ilustra esto con el ejemplo de la medicina: si el paciente esperara a saber con certeza matemática todos los imprevistos o efectos secundarios de un tratamiento, jamás daría su consentimiento. Lo que verdaderamente nos hace apostar y firmar no es la transparencia racional, sino un acto de fe y confianza.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando aquella experiencia a la que consiento me lleva por caminos que, de repente, se volvieron indeseables? Aquí es donde comienza la diferencia radical y ética entre consentir y ceder.
Si consentir se define por el acto de decir "sí" al enigma del otro, a la apertura de una experiencia que desconozco, pero en la que confío. Ceder, por el contrario, ya no es "sentirse con el otro" en confianza, sino sufrir la violenta constatación de que el otro ha atravesado una frontera íntima. Esta intrusión no solo se da en un lugar que no fue consentido, sino que ni siquiera era pensable. Ceder, a diferencia de consentir, “comparte la naturaleza íntima del trauma” (Leguil, 2023, p. 49). Cuando esto sucede, la experiencia de "sentirse con el otro" se quiebra estrepitosamente.
Frente al horror del trauma, la psique se desvincula de su carne y "desubjetiviza" el cuerpo. Ya no hay un sujeto que dijo “sí”, si no proceso de forzamiento y desposesión en el que sujeto pierde el derecho sobre sí mismo, quedando literalmente desterrado de su propio cuerpo. Se produce una "cesión" en la que uno llega a la inarticulada conclusión: "perdí mi cuerpo". A menudo, este estado se origina cuando el sujeto cae bajo el engaño de un otro que abusa; el «sí» inicial del consentimiento es manipulado por el abusador para imponer su capricho. Esa marca se queda en el cuerpo de forma indeleble, en forma de un cuerpo extraño enquistado más allá de lo decible que anula la palabra y condena al sujeto al trauma.
Al distinguir entre consentir y ceder, es importante entender que consentir no siempre garantiza un desenlace placentero. A menudo, uno consiente en adentrarse a territorios desconocidos, impulsado por el deseo, y la experiencia no resulta como esperaba, generando decepción o tristeza. Sin embargo, lo que diferencia esto del acto de ceder es la preservación de los límites: en el consentimiento, nadie invade el cuerpo ajeno ni impone su voluntad. Uno vuelve de aquella experiencia sabiendo con cierto grado de certeza que nadie propasó ningún límite violento en su intimidad.
Entre los múltiples grises que separan ambos conceptos, Clotilde Leguil define distintos grados agrupados en lo que denomina "dejarse hacer", un espectro que transita desde el abandono gozoso del amor hasta la parálisis total del terror.
Es precisamente esta opacidad de nuestro propio deseo y las infinitas dobleces de nuestras concesiones íntimas las que explican por qué, frente a una situación de abuso, la víctima suele quedar atrapada en la vergüenza y la confusión, atormentándose con la angustiosa pregunta de si acaso consintió, sin saberlo, a lo sucedido.
El psicoanálisis permite acoger la ambigüedad, los silencios impuesetos y esa verdad inarticulada, frente a un Otro (el analista) que no exige pruebas jurídicas, sino que está dispuesto a escuchar y a creer. Al devolverle el valor a la palabra, el paciente logra desanudar la culpa, separar lo que fue su propio salto de confianza de lo que fue el forzamiento del abusador y, finalmente, rescatar su propio deseo para volver a la vida.
Es aquí donde el psicoanálisis ofrece su verdadera potencia. A través de la clínica, el análisis permite acercarse al corazón del problema, tanto en la experiencia límite en la que el sujeto cedió y su cuerpo le fue arrebatado, como en la necesidad de alumbrar las ambigüedades del consentimiento que a menudo enturbian la propia vivencia, permitiendo ubicar el deseo allí donde el conflicto lo oculta.
En el encuentro con un analista que acoge esa verdad inarticulada, el sujeto puede empezar a inventar una lengua propia para nombrar lo indecible. Reconstituir ese silencio es el camino para regresar del trauma y dar nitidez a lo que se sentía confuso ya que, como nos dice Clotilde Leguil, en última instancia: «consentir a decir es vencer el miedo».