¿Por qué todos quieren ser estoicos hoy?: el refugio de la autoayuda.
Por Marina Espada
Vivimos en la época del 'fin de los grandes relatos', dice Miller siguiendo la estela de Lyotard. Según Miller, la caída de los ideales y leyes que antes funcionaban como brújulas colectivas nos ha dejado en un estado de desorientación. Hoy, el sujeto contemporáneo se encuentra en lo que Miller llama el "extravío de nuestro goce". Sin un "Otro" claro (tradición, religión o ley) que nos diga cómo vivir, nos encontramos ante una profunda incertidumbre sobre cómo gestionar nuestra existencia
¿Qué es eso del "goce"?
Antes de avanzar, es fundamental aclarar este concepto. En psicoanálisis, el goce no es sinónimo de placer o alegría. El placer busca el equilibrio y la calma, mientras que el goce es una satisfacción que, por estructura, siempre va a incomodar.
El goce es un residuo irreductible de la vida que no se deja domesticar por las palabras. Siempre implica una pérdida o una ruptura del equilibrio; de hecho, es difícil imaginar que haya goce sin un poco de malestar o incluso de dolor. Es ese impulso que nos empuja a situaciones que nos desbordan, pero de las que no podemos escapar fácilmente.
El refugio en el "trono" del estoicismo
Ante este goce que nos incomoda, no es raro que el estoicismo sea el discurso estrella en las librerías y redes sociales. El estoicismo ofrece un "truco" para no sufrir: la impasibilidad.
Su propuesta es que el sujeto puede crearse un lugar inalcanzable, un lugar interior que lo sustrae de cualquier influencia del exterior o del "Otro". El éxito actual del estoicismo reside ahí: en la promesa de que podemos construir un muro emocional tan sólido que nada de lo que ocurra fuera pueda afectarnos.
El "masoquismo del rendimiento"
Llevado al extremo, este esfuerzo por ser impasible se convierte en lo que Miller llama un masoquismo de conducta. Hoy lo vemos en esa obsesión por someter al cuerpo a pruebas extremas: "puedo hacer 1000 burpees", "puedo trabajar sin descanso", "puedo trascender el dolor".
Esta lógica de someter el cuerpo a la voluntad absoluta guarda una relación estrecha con la ética protestante:
Se busca una ascesis laica (Weber): el sacrificio ya no es para Dios, sino para ideales de rendimiento, éxito o autoperfeccionamiento.
Se desprecia el placer en favor de una disciplina severa, creyendo que uno "se salva" o "trasciende" a través del esfuerzo implacable.
Tratamos al cuerpo como una máquina ajena que debemos dominar. Creemos que somos libres porque lo controlamos, pero en realidad estamos habitados por una voluntad que no nos deja descansar.
La imposibilidad de separarse del Otro
Lo que el estoicismo moderno intenta negar es que estamos constituidos por el Otro. Pero lo cierto es que no somos islas; nos construimos gracias a un afuera que termina conformando lo más profundo de nuestro ser. Hay en todos nosotros una intimidad que nos es extraña y de la que no nos podemos desprender. Nuestro propio cuerpo es eso, una extrañeza que volvimos familiar. Pero esa familiaridad puede romperse; el cuerpo responde de formas que no queremos, revelando que la "fortaleza interna" es una ilusión.
Al estar atravesados por el Otro en nuestra más radical intimidad, el intento de retirarse a un "mundo interno" para que nada nos afecte no es más que una ilusión. El pudor es el mejor ejemplo para demostrar esto: "basta con que el Otro sea impúdico delante de ti (que haga o enseñe algo fuera de lugar) para que tu propio pudor sea violado instantáneamente" (Miller, 2025). En ese momento, sientes una "resonancia inmediata" en tu cuerpo. No puedes decir: "elijo no sentir vergüenza", porque la reacción ya está ahí: en tu piel, en tu rubor o en tu incomodidad. El cuerpo reacciona antes que tu voluntad.
En resumen, al intentar dejar de lado el goce —esa extrañeza e incomodidad que no controlamos— con el fin de no sufrir, perdemos también la capacidad de ser sorprendidos y afectados por la vida. ¿Somos realmente dueños de nosotros mismos cuando castigamos al cuerpo para demostrar fortaleza, o somos simplemente esclavos de un sacrificio que nos obliga a vivir de forma impasible ante la vida?
Queremos ser estoicos porque nos aterra reconocer que lo que nos afecta no es algo que elegimos, y que vivir implica, necesariamente, dejarse atravesar por aquello que no podemos controlar.
Bibliografía:
Miller, J.-A. (2025). Silet. Los Cursos Psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller. Paidós.